Una historia de descubrimientos

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1

El Museo Pablo Fierro está en la costanera de Puerto Varas, al sur de Chile, en una curva justo frente a los restos de un muelle gris que no logra ser arrancado, ni destruido por el lago. Al verlo desde lejos parece sólo la fachada de una casa, con ventanas y puertas que siguen el estilo de las casonas de la colonización alemana del lago Llanquihue. Pablo Fierro comenzó pintando las casas antiguas hace ya más de una década, y de un lugar para mostrar casas pintadas con pastel y otras técnicas, se va convirtiendo más y más en una casona antigua llena de objetos de diverso uso, que hace viajar en el tiempo y recordar la niñez a muchos de los que visitan el museo.

Juliana había estado pensando un buen tiempo en una salida para sus alumnos de 3° básico, quería llevarlos a visitar algún lugar que les resultara atractivo y educador a la vez. En el ramo de lenguaje estaba viendo una unidad que quería conectarla con las profesiones que habían antes en la zona, tema que podrían también conversar con sus familias, con los abuelos o los tíos. Además de todo eso, le daba vueltas en la cabeza esa cita de un libro que le prestó una colega, “una mina rica en gemas… sólo la educación puede hacerle revelar sus tesoros…”, y estaba convencida que algo de ese escrito la animaba en este proyecto para los niños. Cuando el sábado en la tarde su esposo pasó por la costanera y vio el museo, supo que ese era el lugar que podrían visitar.

Pero había una preocupación que le daba vueltas, cómo se comportarían los niños en un lugar como ese, con sus tres escaleras, las colecciones, los pasillos angostos, en fin. La mayoría de los niños son tranquilos y obedecen, ¿qué haría si alguno se porta mal? Por un momento estuvo indecisa y pensó que tal vez los niños necesitaban un ambiente así que los haga excavar y encontrar sus cualidades. Se decidió.

2

Los alumnos habían llegado temprano el día de la visita al Museo. Las niñitas venían con el pelo tomado: dos moños, colas de caballo o trenzas. Los niños bien peinados y con la camisa dentro del pantalón. Cuando llegó el bus se subieron rápido y se sentaron ordenados, Juliana había pasado lista y afortunadamente la asistencia era completa.

Al llegar, vieron que Pablo Fierro los estaba esperando con su mejor sonrisa y los saludó diciendo:

-  ¡Adelante! ¡Pasen! ¡Los estaba esperando!

-  Juntémonos alrededor del buzón amarillo para dar algunas instrucciones – indicó Juliana y preguntó a los niños, ¿Cuál es el propósito de la visita?

-  Conocer lo que había antes en la zona – respondió Antonia.

-  ¿Qué más?

-  Conocer las pinturas de don Pablo Fierro – agregó Bastián.

-  Y ver qué oficios y profesiones tenía la gente que vivió antes de nosotros – contestó alegre Yanaís.

-  Estoy sorprendido – dijo Pablo – creo que lo van a pasar muy bien aquí. ¡Recorran el museo! ¡Descubran los secretos que guardan las paredes y las vitrinas!

Los niños comenzaron a recorrer los pasillos y rincones de la casa. Unos partieron por un lugarcito iluminado que, según les explicó el pintor, es la historia de cómo se fue armando el museo. Martina y Julieta quedaron como hipnotizadas por el piano y el sitial de respaldar redondo, una de ellas marcó un par de notas y vieron que en el lugar de las partituras había una hoja que decía “Historia del Museo Pablo Fierro”, se dedicaron a leerla. Al mismo tiempo, Joaquín, Andrés y Felipe miraban con mucha curiosidad la estufa a leña que hay al costado del buzón amarillo y preguntaron qué eran esas máquinas. Pablo les contestó que una de ellas es para hacer mantequilla, que va separando la crema del suero y lo otro es un calentador a parafina. Felipe comentó entusiasmado que en su casa también había una olla de fierro como la del museo, y que su mamá la usaba para freír sopaipillas en la estufa a leña.

Juliana aprovechó de recorrer un poco también, los niños se desenvolvían bien en el lugar, al salir del salón central y antes de tomar el pasillo que lleva a la escalera, vio una vitrina que Pablo había construido con el marco de una ventana antigua rescatada de un incendio. Tras los vidrios inferiores había una colección de botellas y en los superiores, unos dibujos de casonas hechos con lápiz de pasta. Detrás de esta vitrina notó que había una máquina de escribir enorme de color celeste, que le trajo recuerdos de una antigua notaria de Puerto Montt. Una de sus alumnas, Rebeca, la alcanzó y exclamó:

-  ¡Mire tía! ¡Una máquina de coser como la de mi abuelita!

-  ¡Y ahí hay un maniquí! ¿Cómo se llamaba la persona que hacía ropa, tía? – preguntó Javiera.

-  Modista, en el caso de la mujer y sastre en el caso de los hombres – respondió Juliana.

Las tres tomaron el pasillo para ir al segundo piso. Se encontraron con Francisco y Gonzalo que estaban mirando al cielo raso, comentando los triciclos que colgaban del techo, trataban de elegir el que más les gustaba. Al subir las escaleras se encontraron con unas cajitas de fierro muy viejas, algunas carcomidas por los años. En el descanso de la escalera estaban Sofía y Paz que conversaban sobre la pintura de una casa, a Paz le resultaba familiar la vivienda, Sofía le decía que no la había visto ni en las postales de su tía. Juliana alzó la vista y observó que Nicolás estaba mirando con mucha atención una proyectora de diapositivas y le presionaba las teclas rojas con cuidado. Juliana se le acercó a preguntarle:

-  ¿Para qué crees que es este aparato?

-  Para escuchar música – le respondió Nicolás algo dudoso.

-  No estoy tan segura, por qué no le preguntas a don Pablo, él te puede explicar.

-  ¡Mire tía! ¡Aquí hay billetes de quinientos pesos! – exclamó Cristian con los ojos muy abiertos y tocando la vitrina con los dedos. – Y también monedas, ¡venga a ver!

-  ¡Mira! También hay hojas de Gillette,- dijo Juliana – mi abuelo tenía una máquina de afeitar de esas y se enojaba cuando las hojas ya no tenían filo…

-  ¡Tía Juliana! – llamó Fernando- ¡Aquí hay un reloj cucú! ¿Los conoce?

-  Sí los conozco, me gusta cuando el pajarito sale a cantar – le contestó tía Juliana y agregó – Esperemos a que sea la hora en punto.

-  Ese cucú está resfriado – interrumpió Pablo – y no sale a cantar a la hora justa! Todos rieron.

Los alumnos de Juliana recorrían el lugar a sus anchas, y, aunque pensaban que se haría pequeño para el grupo, los distintos rincones del lugar acogían la curiosidad de los niños y los mantenía entretenidos. Bastián y Gonzalo dibujaron cosas que veían en las repisas, Bastián ya llevaba tres bocetos de cajas metálicas que había en los estantes. Nicolás, Cristian y Fernando decidieron hojear revistas antiguas poniendo atención a los títulos en letras grandes. Yanaís y Antonia estaban conversando sobre los libros viejos que había en un estante junto a la puerta, trataban de contar cuántos había en total. Joaquín y Andrés fueron hasta el tercer nivel, y al subir la vista, Juliana vio con asombro la colección de máquinas de moler carne que estaban adosadas a un costado de la escalera. Felipe y Francisco miraban asombrados las fotografías de los efectos del terremoto de 1960 en la zona y de la erupción del volcán Calbuco en 1961.

3

Pablo invitó a los niños y a su profesora a reunirse con él en el balcón. El día estaba tibio, el volcán se mostraba majestuoso con su cima nevada y el lago a sus pies reposaba en calma. Los niños se ubicaron en el suelo y conversaban en voz baja acerca de los pequeños descubrimientos que ocurrían en los rincones y paredes del museo. Juliana se puso de pie cerca de la puerta y comenzó la conversación con los niños:

-  He visto que se han divertido en el museo. Los he visto observar detenidamente algunas vitrinas, le han hecho muchas preguntas a Pablo y pienso que tienen muchas ideas acerca de los trabajos que desarrollaban las familias que vivían antiguamente en Puerto Varas. ¿Quién pude decirme a qué se dedicaban los colonos de esta zona?

-  A ser sastres, – dijo Rebeca.

-  O modistas – agregó Javiera.

-  Muy bien, niñas, ¿a qué más se dedicaban los colonos?

-  A fabricar mantequilla – comentó Joaquín.

-  Y si hacían mantequilla, ¿qué más hacían?

-  ¡Queso! – contestó Andrés – mmm, me encanta el queso…

-  ¿Alguien tiene otra idea?

-  Yo pienso que habían barberos – explicó Martina – porque hay hojas de afeitar en las vitrinas.

-  Seguramente habían dueños de almacén – agregó Julieta.

-  ¿Qué te hace pensar eso? – preguntó Pablo

-  Alguien vendía estas cosas en un negocio! – le explicó la niña.

-  Yo sé que habían carpinteros – dijo Gonzalo muy seguro de su respuesta.

-  ¿Y cómo lo sabes? – le preguntó Bastián.

-  Porque mi abuelo era carpintero, él hacía casas para los alemanes – replicó Gonzalo y los niños lo miraron con asombro, pues conocían a su abuelo.

-  También había agricultores – dijo Yanaís.

-  ¿Cómo lo sabes? – preguntó Pablo

-  Es que las alemanas hacían kuchen – replicó Yanaís.

-  ¿Y eso que tiene que ver? – preguntó Felipe.

-  Mira, para hacer kuchen se necesita harina, el harina viene del trigo, el trigo se siembra, ¿Quiénes siembran?

-  Los agricultores – respondieron varios a la vez.

Pablo estaba sorprendido y fascinado por la asociatividad de los niños, sus mentes sin prejuicios aún  y su imaginación inocente y sin límites. Se sintió feliz de ser testigo de un momento así en la vida de esos niños y recordó que podía prepararles una sorpresa mientras ellos trabajaban en lo suyo.

Juliana les repartió unas tarjetas en blanco, en la que cada uno escribiría lo que más le gustó del museo, y el oficio que le gustaría aprender. Trabajaron concentrados en las tarjetitas, corrigiendo la ortografía y asegurándose de escribir bien los nombres de los objetos y de las profesiones. Mientras los niños escribían, Pablo se acercó a la profesora y le preguntó:

-  ¿De dónde nace la idea de traer a los niños al museo?

-  Quiero que los niños piensen y descubran qué es lo que ellos pueden hacer en la vida, no sólo para ganarse el sustento, sino para construir este mundo.

-  ¡Qué bonito! – exclamó Pablo alegremente – Todos construimos este mundo, algunos con sus profesiones, yo con mis sueños.

-  Exacto, todos podemos contribuir al progreso, por muy pequeña o humilde que sea nuestra profesión – agregó Juliana y sus ojos brillaron al mirar a los niños.

De pronto, notaron que la mayoría de los niños ya estaba terminando con la tarea. La profesora les explicó que esa tarjeta era para compartirla con la familia, para conversar el tema en la casa.

-  ¡Ahora les tengo una sorpresa! – exclamó Pablo levantando los brazos – vengan a ver esta parte del piso.

Los niños se acercaron y vieron en el suelo unos anillos como los de las estufas a leña. Pablo los sacó uno a uno y aparecieron dulces que repartió a todos. Fue un entretenido y feliz final a la visita al museo.

4

Gonzalo llegó feliz a su casa, pero con mucha hambre. Revisó la panera y encontró una sopaipilla. Salió al patio en busca de su mamá y se encontró con don Fermín.

-  ¡Abuelo! ¿Tú trabajaste para los alemanes cuando eras joven?

-  Hola, hijo… Sí, trabajé en Los Bajos, para la familia Junge.

-  ¿Y qué hacías? ¿Hacías queso y mantequilla?

-  Sí, también. Pero yo era el que manejaba la máquina de trillar. ¿Por qué preguntas?

-  Yo creí que eras carpintero – dijo decepcionado.

-  Sí, pero cuando fui carpintero no trabajé para la familia Junge. Con mi papá hicimos algunas casas en Frutillar Alto – aclaró don Fermín.

-  ¡Enséñame a ser carpintero, abuelo! – le pidió entusiasta.

-  Bueno… – le respondió don Fermín sin disimular su sorpresa – ¿de dónde te vino la idea?

-  Fuimos al museo, y don Pablo tiene una casa a medio construir, quiero ayudarle…

-  Está bien. Primero compraremos un martillo y tienes que aprender a clavar. Después te puedo enseñar a medir y a cortar.

-  ¡Ya! ¡Qué rico! – dijo Gonzalo mientras daba saltos por el patio.

-  Pero ahora entremos a comer algo y me sigues contando sobre ese museo y la casa a medio hacer.

Libro de vistias

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Pablo Fierro llegó dispuesto a trabajar duro todo el día. El museo es su sueño y un desafío que enfrenta a diario, y después de algunos días menos activos, esa mañana sentía las energías renovadas. Traía su almuerzo, algunas frutas, y café por si le daba frío. Su plan era terminar de arreglar el costado derecho del museo, de modo que la 2 CV quede bien estacionada y protegida de la lluvia, y si el tiempo le alcanzaba, quería colocar unos letreros a la entrada. Se puso los guantes, las botas y agarró la carretilla de mano, buscó un poco de arena para hacer mezcla de cemento y se dispuso a trabajar. Como el tiempo estaba frío y gris, pensó que no habría muchos visitantes esa mañana.

Cuando terminó con el relleno de cemento, continuó con la pared, clavó varios palos que le faltaban, aseguró bien unas vigas laterales y comenzó a forrar el interior con tablas anchas. Se había entusiasmado y no notaba la hora, ni lo que pasaba alrededor. El trabajo lo volvía invisible para el resto del mundo. Incluso para una joven, que pasaba por la costanera y cruzó la calle, y al escuchar ruidos hacia el interior pensó que estaba abierto y se podría visitar el lugar. Entró y quedó impresionada con la cantidad de objetos que había en el salón: las pinturas de casas antiguas de la colonización alemana; el piano que alguna vez tocó un joven que trabajó allí; las vitrinas con objetos pequeños, recolectados entre amigos, familiares o rescatados de entre escombros; el buzón de correos pintado de amarillo que recibía las contribuciones voluntarias. Sobre el piano encontró la Génesis del Museo y por un pasillo vio fotos de la casa antes que se instale allí el museo y algunas otras historias. La joven estaba absorta en un pequeño mundo que parecía traerle noticias y recuerdos de todos los tiempos. Los ruidos de alguien trabajando se escuchaban cercanos, pero no podía ver a nadie.

Mientras tanto Pablo seguía arreglando lo que sería el estacionamiento de la 2CV, ya estaba casi listo, y continuaría con los letreros para la fachada. Entre el ruido que hacía al clavar y las entradas y salidas por el costado del museo, no se percató de la visita. En el descanso antes del segundo piso, la joven vio una foto de Pablo Fierro, en el artículo de una revista. Pensó que si no llegaba, al menos tenía una idea cómo era el dueño. Observó con cuidado los candelabros que colgaban y los relojes cucú por un costado y cuando llegó a los libros de visita se detuvo un rato a leer lo que otras personas habían dicho acerca de ese lugar. Estaba cada vez más impactada por lo que leía, las frases de aprecio y admiración, de gente de todas partes. Ahora tenía la esperanza que llegue Pablo para poder conversar y darle las gracias por lo que había construido a partir de un sueño. Un ruido en la parte de afuera le llamó la atención y salió a mirar al balcón. Ahí andaba, lo reconoció por las fotos: Pablo Fierro estaba instalando unos letreros en el frontis del museo. Al verlo tan concentrado no le quiso hablar y decidió dejarle un mensaje en el libro de visitas. Volvió al primer piso y escribió algo breve.

Pablo guardó las últimas cosas en la citroneta y al cerrar la puerta se apretó el dedo, no pudo gritar, pero después de aguantar un rato el dolor, se le ocurrió poner el dedo bajo el chorro de agua fría, cuando se disponía a entrar al museo, vio que una joven iba saliendo, quiso saludarla pero ella no volteó. Se preguntó cuánto tiempo habría estado allí que él no se dio cuenta, y se lamentó de no haberla atendido como a los demás visitantes. Al volver del baño con el dedo envuelto, vio que en el libro de visitas había un mensaje y tras leerlo olvidó el dolor:

Gracias por la perseverancia para construir este lugar que transporta a otros tiempos.

Aunque te golpearas un dedo, no dejes de clavar, y si hay días en que las cosas no salen bien, sigue adelante, que contigo otros cumplirán sus sueños.

Triciclos colgantes

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“Nuestras vidas comenzaron hace muchos años; hoy queda nuestra historia y nos gusta compartirla con quienes nos ven.” Así se decían los triciclos que Pablo Fierro había colgado en el techo, justo a la entrada del museo, otra muestra de recursividad y optimización del espacio. Estos rodados ya viejos y desgastados por el paso del tiempo y la lluvia podían hablar. Generalmente lo hacían con niños, con jóvenes ingenuos y con adultos que, de tan geniales, parecían locos. Se habían vuelto unos triciclos vanidosos, pero eran muy simpáticos para conversar.

-  ¡Mira el techo! – dijo Mario apuntando al triciclo grande.

-  ¡Ahí hay otro! – exclamó Pedro, su hermano.

-  Yo fui un juguete muy caro, que llegué como regalo de navidad para la hija mayor de una familia adinerada de la zona – dijo el triciclo grande.

-  Yo vengo de la zona central, llegué en barco junto con una familia que se trasladó a Chile hace muchos, muchos años – dijo el más chico.

-  ¡Wow! Yo también tuve un tres ruedas cuando fui chico, era rojo y brillante, me acuerdo – comentó Mario.

-  Allá afuera vimos una familia que llevaba otro como ustedes – le explicó Pedro.

-  ¿Era como yo? – preguntó curioso el más grande.

-  Mmmm, no. Era distinto – dijo el niño – era de material plástico, de color verde y morado.

-  ¡Qué vistoso! ¡Me gustaría que me pinten así! – dijo el más chico

-  Pero ese triciclo no era como ustedes, tenía un mango para que la mamá lo empuje y una canasta para llevar cosas.

-  ¡Como el asiento!

-  Sí, algo así – comentó Mario y el triciclo se sintió orgulloso.

Los niños siguieron su recorrido por el museo, y luego otros niños pasaron y también conversaron con los rodados del techo. Todos sostenían conversaciones parecidas y breves, y  seguían descubriendo los otros objetos que el lugar guarda. Hasta que un día pasó Sofía, una niña de ocho años de pelo castaño oscuro y rizos suaves, que les preguntó más detalles de sus vidas, les pidió que le hablen de la niña adinerada y del barco en que venían a Chile. Les escuchó con mucha atención y les prometió que volvería a verlos. Una semana después Sofía volvió al museo con su prima Ángie, quien estaba muy entusiasmada por conocer el museo de las mil cosas.

-  ¡Mira Angie! Estos son los triciclos que conversan sobre sus vidas – le dijo Sofía a su prima apenas entró por la mampara.

-  Pero sólo hablamos con quienes nos ven – dijo el triciclo grande.

-  ¡Impresionante! ¡Pero se ven tan viejos!  – comentó Angie un poco decepcionada…

-  ¡Es que tienen muchos años! – le explicó Sofía – Mira, el triciclo más grande fue importado y llegó al país con una familia a la zona sur; y el otro más chico, fue un regalo de navidad para una niña que tenía mucho dinero.

-  Sofía, querida, estás confundiendo las historias – dijo un poco molesto.

-  ¿En serio? Estaba segura que me las sabía – aseveró la niña.

-  Yo entré por Valparaíso – le explicó el triciclo chico, tratando de no hacer sentir mal a Sofía.

-  Y la niña que fue mi propietaria, no tenía dinero, sus abuelos eran ricos – dijo el otro en tono tajante.

-  ¿Pero qué importancia tiene ese detalle? – le preguntó.

-  Es que hay que aclarar los detalles para que no nos confundan otra vez – dijo casi enojado.

-  Pero son detalles, creo que exageras – le reclamó el más chico.

-  Vámonos, Sofía – dijo Angie y tomó a su prima por el brazo – estos aparatos comienzan a recordarme a otras discusiones.

Las niñas se dirigieron hacia el rincón donde están las fotos de la historia del museo y los triciclos se quedaron solos sin poder hablar. Se sintieron muy raros, pues era la primera vez que los visitantes no se iban sorprendidos de su habilidad de conversar y la memoria para recordar detalles. Seguía entrando gente al museo, pero nadie parecía notarlos en el techo.

-  Te pusiste vanidoso – dijo el triciclo grande.

-  Y tú te volviste perfeccionista – se quejó el otro.

-  Ya han pasado seis personas y nadie nos mira, no podemos conversar…

-  ¡No me gustaría quedar como las otras piezas del museo, que no hablan con nadie!

-  Yo tampoco – murmuró el grande – qué tal si contamos nuestras historias de manera bien parecida, ¡así no nos confundirían!

-  Pero yo quiero que nos reconozcan y nos recuerden, no quiero quedar olvidado en el techo esta vez – dijo quejándose.

Conversaron durante un rato y decidieron buscar una forma para que ese momento incómodo con las niñas no volviera a repetirse. Se les ocurrió una idea y se consideraron casi unos genios. Hablarían con Pablo y estaban seguros que después de hacer lo que estaban planeando, la entrada se volvería la parte más famosa del museo, habría muchas fotos y recuerdos. Esa noche, cuando Pablo ya estaba cerrando el museo, los triciclos le hablaron antes que salga:

-  Pablo, queremos que escribas nuestras historias en los folletos – le dijo el triciclo grande.

-  La gente nos confunde y ya no queremos enojarnos cuando los niños se enreden con la información de nuestras vidas – agregó el más chico.

Pablo miró hacia el techo y contempló a los rodados durante un rato. Achicaba un poco los ojos y los volvía a abrir bien, como tratando de enfocar algún objeto. Los rodados esperaban impacientes. Mientras se colocaba la chaqueta, Pablo dijo para sí mismo: “Creo que mi señora tiene razón, debo dormir un poco más o la falta de sueño y de descanso comenzará a afectarme. Hoy ya me apreté el dedo en la citroneta y ahora creo estar escuchando hablar a los triciclos del techo… ¡Si cuento esta me tratan de esquizofrénico!

Leer con los dedos

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Del brazo de Danae y usando su bastón, Laura llegó al museo una tarde de sol tibio. Danae quería que la acompañe un rato a recorrer ese lugar del que le habían hablado otras personas, y sabía que a Laura le encantaría estar ahí un rato, pues más allá de los problemas de visión, tenía una fina percepción de las cosas y disfrutaba lo sencillo y cotidiano. Recorrieron juntas el primer piso y se sintieron muy agradadas en el lugar, la música suave y una atmósfera de tiempo estacionado no dejaban tomar conciencia del paso de la hora.

Cuando llegaron al segundo piso, Laura le pidió a su amiga que le ubique un asiento, Pablo le ayudó y se acomodó en un sillón que quedó cerca de unos libros escritos a mano. Danae se dedicó a recorrer el resto de la casa y a conversar con Pablo sobre algunos dibujos de camiones hechos con lápiz de tinta. Por su parte, Laura se acomodó y al mirar hacia un lado le pareció que algo emitía una luz muy brillante. Al acercar la mano se dio cuenta que había unos libros, “son grandes”, pensó, y les pasó la mano por las tapas y abrió el primero. Al principio fue suave y poco a poco se fue intensificando una especie de energía cálida que le atraía los dedos a las páginas que estaban escritas. Como si estuviera escrito en Braille, le pasó las yemas de los dedos y comenzaron a aparecer las imágenes en su mente y de pronto estaba leyendo lo que los libros de visita tenían escrito. No quería creerlo, pero la fuerza con que llegaban las palabras, las historias y las personas le resultaba imposible de detener o cambiar.

-  ¡Danae! ¡Ven a ver esto! – dijo tratando de mantener la calma.

-  ¿Qué es?

-  Estos libros, ¿qué libros son?

-  Me parece que son los de registro para los visitantes del museo – le dijo mientras examinaba uno de los libros.

-  Quiero que me digas si lo que leo es lo que está escrito – le dijo muy seria.

-  ¿De qué se trata esto, Laura?

Pero ni ella lo podía explicar, le pidió a su amiga que se siente junto a ella y que corrobore lo que ella decía. Tomó el primer libro y pasando los dedos sobre las letras dijo:

Me sorprende saber que en esta ciudad hay alguien como tú, que ante todo demuestra interés en el arte y la historia… Esta niña andaba mochileando, lo pasó bien aquí…

-  Así mismo dice – y quedó asombrada.

-  Muy bonito el museo, me gustaron mucho los cuadros que pintó. El piano me gustó muchísimo.

-  ¿Quién escribió eso? – le preguntó para comprobar si era posible la lectura con los dedos.

-  Lo escribió una niña, de ocho años que no vive aquí en el sur.

-  Cierto, se llama Paula y tiene ocho años.

-  ¡Mira! Esto lo escribieron unos amigos de Pablo que lo quieren mucho, es un matrimonio, y él también se llama Pablo, ¡qué gracioso!

La gente comienza a reunirse al su alrededor al ver que Laura comienza a leer y se vuelve cada vez más rápida. Sin ni siquiera dirigir la vista o tocar la página ya sabía lo que dice el mensaje, quién lo había escrito y la emoción que tenía al momento de escribirlo. Los que la observaban empezaron a asustarse, había algunos que miraban a Laura con desconfianza; otros no le creían en lo absoluto y preferían salir del lugar indiferentes a lo que ocurría. Danae estaba enmudecida de asombro, nunca había visto a su amiga así y no le encontraba sentido a lo que veía y escuchaba. Sólo sabía que su amiga tenía un poder en sus manos que la dejaba estupefacta. Por su parte, Pablo observaba maravillado y escuchaba con atención la descripción de Laura y le parecía volver a ver a quienes habían dejado allí sus impresiones.

-  Pablo, ¿dónde estas? – llamó Laura – acércate.

-  Aquí estoy, Laura, dime. – Pablo se sentó a su lado y vio que su mirada brillaba de emoción.

-  Tienes mucha suerte de contar con la gente que te ha visitado y te ha regalado sus mejores deseos y emociones – le dijo Laura y le tomó el brazo con ambas manos. Pablo comenzó a sentir la energía que Laura sentía al principio.

-  La gente se alegra al venir aquí. Me lo dicen siempre – comentó Pablo con una sonrisa y nervios en la voz.

-  Recuerda siempre a los que pasan por aquí, pues para muchos de ellos este lugar ha sido un refugio y un oasis. – Pablo sentía que la energía le subía por el brazo hasta la cabeza – Lee estos libros de vez en cuando, así entenderás mejor lo que te toca hacer aquí. – concluyó Laura y le soltó el brazo.

-  ¿Te sientes bien? – preguntó Danae a su amiga.

-  Sí, estoy bien. Ya pasó el momento. Ya no leo ni siento lo que hay en los libros. – Ese comentario alivió a Danae.

-  Salgamos, Laura, quisiera tomar un poco de aire – dijo su amiga – esta visita ha sido intensa.

-  Claro, vamos. Que estés bien, Pablo, suerte con tu proyecto – le dijo al pintor y se tomó del brazo de su amiga.

Pablo las acompaño hasta la puerta y se despidió de ellas con un abrazo. Al regresar al lugar donde estuvo Laura vio los libros y sintió pánico al pensar en tomarlos. Sin embrago, el impulso fue más grande y tomó uno largo y angosto. Abrió una página al azar y pasó los dedos sobre el mensaje. La energía que subió por su piel le dejó casi sin respiración.

Los coleccionistas

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Fabián y Gonzalo son dos amigos que se conocen desde los seis años y han crecido coleccionando todo lo que han podido y les han permitido. Han hecho colecciones de chapas de bebidas, latas de cerveza vacías, cajetillas de cigarros, lápices de pasta, pasajes de micro y de mini-bus. Son muchas las tardes que han compartido y conversado sobre sus colecciones, los vericuetos por los que han andado para conseguir el ejemplar que no tenían, las personas a las que se acercaron para obtener un lápiz, o lo que sus amigos les trajeron de otros lados para completar sus colecciones.

Cuando en la gira de estudios de su curso pasaron por El Quisco, visitaron la casa de Pablo Neruda en Isla Negra. El tour se les hizo breve para poder admirar tantas cosas que el poeta fuera juntando en su vida, los jóvenes quedaron fascinados con las caracolas, los barquitos en la ventana, los mapas: todos los rincones ofrecían algo para admirar.

-  ¡Hagamos algo así, Gonzalo! – le dijo su amigo mientras andaban en la playa de Isla Negra.

-  ¿Con nuestras colecciones? – le preguntó extrañado – ¿Para qué?

-  No lo sé. Pero sería bueno mostrar nuestras cosas…

-  Me resulta rara la idea – le explicó – no sé si habría gente interesada en ver lo que hemos ido recogiendo o pidiendo por ahí…

-  Nunca se sabe, Gonzalo. Este mundo da para todo.

-  No me convence tu idea, pero si me haces cambiar de parecer, te apoyo – le propuso desafiante.

Fue en el viaje de regreso que uno de los compañeros nombró el Museo Pablo Fierro y contó que el pintor también se dedica a la colección de objetos. A ambos amigos les resultaba familiar el nombre, pero no conocían el lugar. Movidos por los buenos comentarios y la curiosidad de ver colecciones, llegaron una tarde al museo de casas antiguas. La entrada misma ya les llamó la atención, con sus incrustaciones de piezas metálicas como ruedas y asientos. Una vez dentro los sorprendió el tiempo detenido en las paredes, en las vitrinas, en los estantes. Miraban y tocaban los objetos con curiosidad, para averiguar si funcionaban o no, si estaban rotos o solamente viejos. Fueron descubriendo que casi todas las puertecitas se abrían y debajo había un dibujo, una frase o una broma para el que anda buscando novedades.

-  ¿Viste esto? – preguntó Gonzalo mostrando un cartel dentro de una vitrina con poca luz.

-  No, ¿qué dice?

-  “Bienaventurados los pintores pues nunca estarán solos. La luz y el color, la paz y la esperanza los acompañará hasta el final…

-  … o casi” – dijo Fabián completando la frase y se echaron a reír.

-  ¡Mira! Esta puertecita también se abre – le mostró Gonzalo – y dice “la curiosidad revive por siempre al curioso”.

-  Yo creí que diría “mató al gato” – agregó su amigo riendo con la frase del cartelito escondido.

Después de admirar las colecciones de botellitas en una de las vitrinas, los rodados del techo y las pinturas, se encaminaron al segundo piso. Había tanto para ver, y las cosas a ratos parecían haber perdido su sitio, y, en otros, parecía que se habían reubicado en un universo nuevo. Subieron lentamente la escalera y ante sus ojos se abrieron espacios colmados de objetos que, en más de una ocasión, habían visto en sus casas: las radios antiguas, el mortero de piedra, las latas de conserva. Para los jóvenes, el encuentro con el pasado y el presente se volvía una sola experiencia, seguían hurgando entre las repisas cuyas puertas a veces se abrían, miraban el piso que también guardaba algunos secretos, uno de ellos pasó inadvertido para los dos amigos. Cuando llegaron a la repisa que alberga libros viejos y despertadores, sin decir palabra se miraron y sabían lo que la madre de Gonzalo diría: “Si no arreglas esas cosas tuyas, voy a terminar tirándolas a la basura”. No todos tienen la misma visión de las colecciones.

-  ¡Mira, Gonzalo! ¡Billetes de $500! ¿Te acuerdas cuando nos daban un billete para comprar bebidas en lata?

-  A mí no me daban plata, me traían la bebida – dijo mirando los billetes.

-  ¿Te acuerdas que una vez mi mamá me dio un billete y fuimos a comprar agua tónica? Ahí llegamos a las 30 latas de bebida!

-  ¡Ah, si! Ahora recuerdo… y creo que hasta te dieron vuelto en el supermercado… ¡Ya no salen las mismas cosas con $500!

-  ¡Ahí hay un dólar, también! Ahora vale menos que el billete de $500.

-  ¡Cierto! – dijo Gonzalo y observó con cuidado la vitrina.

-  ¡Tal vez esa sea el valor de tener colecciones!

-  ¿Cuál?

-  Mirando las cosas que habían antes te das cuenta cómo cambiamos, algunas veces para bien y otras para mal. También hace recordar lo que antes era importante, y que tal vez era muy barato o muy pequeño, pero importante.

-  ¿Pero eso a quién le importaría saberlo? Las cosas cambian rápido y punto, lo que ayer era nuevo, hoy ya no lo es tanto ¡y la otra semana será casi viejo! ¿Qué sacamos?

-  Mostremos nuestras colecciones, Gonzalo, como en este museo, ¡no es tan difícil!

-  ¿Cómo están ustedes? Creo que no los he saludado – les dijo Pablo con una sonrisa. – Los escucho conversar de colecciones desde hace un rato, ¿qué es lo que juntan?

-  Cosas chicas, nada tan importante – dijo Gonzalo tratando de evadir el tema.

-  Hemos coleccionado cosas desde que éramos chicos y cuando anduvimos de gira se me ocurrió que podríamos mostrar nuestras colecciones a otras personas.

-  Lo que no me parece buena idea – comentó Gonzalo de mala gana.

-  ¿Qué piensas tú, Pablo? – preguntó Fabián.

-  Pienso que en la vida hay que tener sueños y trabajar por ellos, cualquiera que sea. Si de verdad lo crees, se cumple. A este lugar lo llamo “El arte de soñar” porque en verdad esa es mi vida, una mezcla entre arte y sueños. Ahora, ¿cuál es tu sueño? ¿Has pensado en lo que quieres hacer?

-  La verdad es que no… – dijo Fabián y se quedó pensativo.

-  Acá viene mucha gente y en este lugar pasan muchas cosas. Hay gente que entra como un terremoto, va y viene apurada, conversando muy fuerte, tomando fotos por todos lados y se van igual de rápido. Otros vienen y se toman todo el tiempo para mirar cada detalle, viven una experiencia en silencio y se marchan sin ser notados. Y hay otras personas que vienen y comparten su sueño conmigo, me cuentan sus historias, lo que quieren hacer, para ellos, el museo es como una inspiración, como una prueba que los sueños se realizan poco a poco. – explicaba Pablo convencido.

-  ¿Y tú? ¿A qué gente prefieres? – le preguntó Gonzalo.

-  No prefiero a nadie, todos son bienvenidos, todos son parte de esto que es mi sueño. Cada quien toma lo que quiere de aquí y se lo lleva. Unos aprovechan y otros dejan pasar. Para vivir de un sueño hay que aprender a escuchar a quien es parte de eso, a los demás se les da la bienvenida y luego se les deja ir.

Desde el primer piso llamaron a Pablo porque un grupo quería conocerlo, se despidió rápidamente de los jóvenes y los invitó a volver cuando quisieran. Fabián y Gonzalo se quedaron pensando en los tipos de personas que describió el pintor, y se preguntaban en silencio cuál sería cada uno. Se preguntaron también cuál era el sueño de sus vidas, y si no lo sabían cómo podrían averiguarlo. Hay ocasiones en las que una persona sale a buscar a alguien y terminan siendo encontradas; hay quienes van al museo a ver cómo era la vida antiguamente y terminan mirando su propia vida.

Los abuelos

Estándar

Octavio llegó con sus padres en auto, su madre venía molesta y en silencio, su padre era el más entusiasmado en visitar el museo y el niño se sentía enrarecido por la tirantez del ambiente. Se estacionaron lejos de la entrada, y caminaron lento, sintiendo el aire frío y limpio de ese domingo casi a mediodía. Apenas la vio en la pared se sintió atraído, los abuelos que están pintados a un costado del museo parecían llamarle. Sin pedir permiso ni avisar, Octavio subió corriendo por la escalinata y se paró justo debajo y en frente de los ancianos.

En los rostros de cada uno comenzó a ver las facciones de sus abuelos ya fallecidos, no tuvo miedo ni dudó de lo que sus ojos le mostraban. Se sintió tranquilo y les habló:

-  Hola Tata. Hola Meme. Estoy de vacaciones, mañana vuelvo al colegio.

-  Hola hijo – dijo con ternura el Tata, su abuelo – ¿y quieres entrar a clases?

-  Sí, me aburro en la casa y echo de menos a mis amigos – replicó con cierta tristeza.

-  ¿Y cómo te has portado? – le preguntó dulcemente la Meme.

-  Mal – contestó el niño, y bajó la cara.

-  ¿Y eso, por qué?

-  Porque los echo de menos. Ya no tengo una casa para ir de vacaciones…

-  Entonces, ¿té acuerdas de tus abuelos, Octavio?

-  Todo el tiempo – le contestó y volvió a mirar los rostros.

-  Cuando pienses en nosotros, pinta un dibujo, Octavio. Eso te va a hacer bien.

-  Pero yo no sé dibujar, Tata – le reclamó frunciendo el ceño.

-  ¡Aprende! – le contestó con firmeza – Dile a Pablo que te enseñe a pintar casas.

-  ¿Quién es Pablo? – preguntó extrañado.

-  Es pintor y el dueño del museo, ahora anda en el segundo piso. Lo vas a reconocer porque te va a dar un dulce que sale del suelo – le explicó la Meme.

Octavio entró corriendo al museo y preguntó por dónde subir al segundo piso, le mostraron y subió sin mirar a nadie. Al llegar arriba vio un grupo pequeño de niños a quienes Pablo estaba regalando unos dulces. Miró al suelo y vio que había unos anillos corridos hacia un lado, que hacían de tapa para el escondite de los caramelos.

-  Tú vienes llegando, ¿quieres un dulce? – le preguntó Pablo.

-  Bueno, gracias. ¿Usted es pintor? – le preguntó para asegurarse.

-  Así es. Soy pintor, ¿y tú?

-  Yo quiero aprender a pintar casas. ¿Me puede enseñar? – hizo una pausa – por favor…

Sin contestar, Pablo buscó los lápices de colores, unas hojas y se sintió impulsado a enseñarle al niño a dibujar una casa. Le explicó que debe poner atención a ciertos detalles para que quede mejor. Sus padres, que casi no alcanzaron a notar su ausencia, lo vieron ocupado y se dedicaron a recorrer el último tramo y a comentar ciertos objetos como los candelabros y las lámparas. Cuando Octavio terminó su boceto, fue donde su papá para enseñarle su trabajo. Éste lo miró muy sorprendido y tomó la hoja para observar con más cuidado lo que había en el dibujo.

-  Me gusta mucho la casa que has pintado – le dijo su padre con cariño.

-  Es el museo en el que estamos – contestó con una sonrisa.

-  ¿Y qué es esto que has hecho aquí en el costado de la casa? – le preguntó extrañado.

-  Son el Tata y la Meme. El Tata quiere que sea pintor, – le contó con brillo en los ojos.

-  Pero nosotros queremos que estudies una carrera – dijo su madre con tono preocupado – ¿cómo vas a andar pintando techos y paredes, hijo?

-  No, mamá. Voy a pintar casas como Pablo Fierro, él me está enseñando – y quiso agregar algo más, pero Pablo se les acercó y su mamá lo tomó de un brazo.

-  Muchas gracias, Pablo, muy bonito el lugar – le dijo la madre de Octavio – ya nos vamos.

-  Gracias por todo este trabajo y por enseñarle a mi hijo a pintar – le dijo el padre y se despidió de mano.

Los tres comenzaron a avanzar por la escalera hacia la salida, pero Octavio se devolvió diciendo que se traía un lápiz sin querer. Se acercó a Pablo y le dijo en voz baja:

-  Gracias por pintar a mi Tata y a mi Meme allá afuera. Él me dijo que te pida que me enseñes a pintar casas. Un día voy a ser pintor como tú.

-  Me parece buena idea… – le dijo Pablo muy sorprendido.

-  Pero no le digas a mis papás por ahora. Antes de irse al cielo, la Meme me enseñó que debo ser obediente hasta que sea grande.

Pablo lo abrazó con cariño y se despidieron. Desde el balcón le hacía señas con el brazo en alto. Se sentía conmovido, aunque no lograba entender lo que había pasado.

Señor Maniquí

Estándar

Lucerito es una niña que desde bebé sobrepasó a su mamá, no porque le diera problemas, sino por su singular forma de entender al mundo que la rodea. Al principio su papá se reía porque le parecían graciosas sus ideas, mientras que a su mamá le preocupaba que no se adapte bien al colegio, algún día. Tras largas conversaciones, sus padres decidieron apoyarla en todo lo que quería hacer, siempre y cuando no se arriesgue, ni lastime a otros. Conversarían con ella todo el tiempo de modo que, aunque tenga ideas locas, puedan ser un aporte.

La niña puede percibir las intenciones de otros, la tristeza de los animales, y el miedo de otros niños. También sabe cuando alguien es sinceramente afectuoso y cálido. Su madre sabe que esa misteriosa sensibilidad puede guiarla en la vida un día, y respeta sus comentarios, si son dichos con respeto. En las últimas dos semanas, Lucero le ha estado contando a su mamá que algunas personas tienen un brillo alrededor, a veces azul y a veces amarillo. Angélica no tiene idea de lo que su hija habla, se ha propuesto averiguar, pero no sabe por dónde comenzar.

Esta historia ocurrió la semana pasada. El viernes en la tarde una amiga llamó a Angélica, y le pidió que la acompañe a hacer un trámite, luego podrían pasear por la costanera si el día lo permitía. Angélica aceptó y llevó a Lucerito con ella. Su amiga tardó un poco en el laboratorio, pero la esperaron mirando en una tienda de artesanías, luego pasaron a comprar palomitas de maíz, para el camino, por si Lucerito sentía hambre. El día estaba nublado, pero no había mucho frío, “caminando no sentiremos nada”, le dijo la amiga a las dos. En invierno, el nivel del agua en el lago se ve más alto y las olas, aunque suaves, parecen devorar la playa. Debido a que no circulan muchos vehículos, el ruido de las olas se oye más nítido que en verano. Caminar por la costanera es siempre un agrado.

Al llegar al museo, la amiga de Angélica buscó de inmediato a Pablo y les explicó que podían comenzar a mirar las cosas desde el primer piso. Angélica se quedó un rato mirando un cuadro panorámico de Puerto Varas, que mostraba la calle San Ignacio vista desde el Cerro Calvario, buscó la casa donde vivió un tiempo desde niña y se distrajo en los detalles del cuadro. Por su parte, Lucerito vio sobre el ropero antiguo el maniquí de medio cuerpo, que tenía sombrero y chaqueta azul. Le pareció un ser especial, pues notó que había una luz violácea a su alrededor. Primero se preguntó si tendría una ampolleta, pero le pareció que no había algo así. Quiso comentarle a su mamá, pero Angélica estaba más lejos, mirando las fotos de la construcción del museo. Volvió a mirar el maniquí y esta vez se dio cuenta que eran la chaqueta y el sombrero los que brillaban con la luz especial. Se acercó y le preguntó en voz baja:

-  Señor Maniquí, ¿por qué brilla? No tiene luces ni velas que lo iluminen – le dijo la niña.

-  No soy yo – le contestó el maniquí – es la ropa. El dueño de esta chaqueta era un caballero bien querido por los niños. Tal vez ahora tú le has traído recuerdos.

-  ¿Y dónde está él ahora? – preguntó con interés.

-  Ya no está. El señor falleció.

-  Pero las personas mueren a esta vida y el alma sigue viviendo – le explicó la niña con dulzura.

-  ¿En serio? – dijo extrañado – a las personas que lo conocieron les gustaría saber eso. Después de una pausa le preguntó, – ¿por qué dices que brillo? No me veo brillante, me veo opaco.

-  No todos lo vemos brillante, mi mamá no se dio cuenta. Hay personas que brillan más también, las que son felices y queridas son más luminosas.

-  El dueño de la chaqueta era así… – dijo el maniquí.

-  Tal vez es su recuerdo lo que brilla hasta ahora.

-  ¿Yo no puedo brillar?

-  Usted es un maniquí, hasta ahora sólo he visto brillar a las personas y a los árboles.

-  ¿Y cómo brillan la chaqueta y el sombrero?

-  No lo sé – dijo Lucerito y se quedó pensando. Luego exclamó contenta, ¡tengo una idea!

Llamó a su mamá y le pidió que le baje el maniquí porque quería tocarlo. Su madre la miró sorprendida y sintió un poco de vergüenza, le dijo: “no se puede, es hora de irse, casi.” En ese momento, bajó su amiga junto a Pablo, quien se subió a una silla y bajó el maniquí para buscar algo que había puesto sobre el ropero antiguo. Lucerito aprovechó el momento para limpiarle la cara al maniquí, especialmente los ojos y lo dejó impecable tras pasarle la bufanda. Pablo no se dio cuenta, la amiga tampoco. Angélica no podía entender lo que su hija había hecho. Luego Pablo puso todo en su lugar y subió junto a la amiga de Angélica. Cuando todo volvió a quedar quieto, el maniquí le preguntó a la niña:

-  Y ahora, ¿brillo?

-  Creo que sí. Brilla porque está feliz, porque tiene la cara limpia y por la chaqueta.

-  ¿Crees que ahora me mire más la gente que visite el museo?

-  No lo sé, pero no importa. Usted es feliz, no haga caso a quienes no lo vean, quienes puedan verlo brillar sabrán que es especial – le dijo con natural calma.

Volvió la amiga y les anunció que ya podían irse. Angélica prefirió esperar a llegara su casa para hablar con su hija sobre lo ocurrido en el salón. Le preguntó sobre la conversación con el maniquí y sobre la luz que veía. Lucerito le explicó que lo que brillaba en realidad era la felicidad, porque la felicidad brilla, no importa donde vaya a instalarse.