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El Museo Pablo Fierro está en la costanera de Puerto Varas, al sur de Chile, en una curva justo frente a los restos de un muelle gris que no logra ser arrancado, ni destruido por el lago. Al verlo desde lejos parece sólo la fachada de una casa, con ventanas y puertas que siguen el estilo de las casonas de la colonización alemana del lago Llanquihue. Pablo Fierro comenzó pintando las casas antiguas hace ya más de una década, y de un lugar para mostrar casas pintadas con pastel y otras técnicas, se va convirtiendo más y más en una casona antigua llena de objetos de diverso uso, que hace viajar en el tiempo y recordar la niñez a muchos de los que visitan el museo.
Juliana había estado pensando un buen tiempo en una salida para sus alumnos de 3° básico, quería llevarlos a visitar algún lugar que les resultara atractivo y educador a la vez. En el ramo de lenguaje estaba viendo una unidad que quería conectarla con las profesiones que habían antes en la zona, tema que podrían también conversar con sus familias, con los abuelos o los tíos. Además de todo eso, le daba vueltas en la cabeza esa cita de un libro que le prestó una colega, “una mina rica en gemas… sólo la educación puede hacerle revelar sus tesoros…”, y estaba convencida que algo de ese escrito la animaba en este proyecto para los niños. Cuando el sábado en la tarde su esposo pasó por la costanera y vio el museo, supo que ese era el lugar que podrían visitar.
Pero había una preocupación que le daba vueltas, cómo se comportarían los niños en un lugar como ese, con sus tres escaleras, las colecciones, los pasillos angostos, en fin. La mayoría de los niños son tranquilos y obedecen, ¿qué haría si alguno se porta mal? Por un momento estuvo indecisa y pensó que tal vez los niños necesitaban un ambiente así que los haga excavar y encontrar sus cualidades. Se decidió.
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Los alumnos habían llegado temprano el día de la visita al Museo. Las niñitas venían con el pelo tomado: dos moños, colas de caballo o trenzas. Los niños bien peinados y con la camisa dentro del pantalón. Cuando llegó el bus se subieron rápido y se sentaron ordenados, Juliana había pasado lista y afortunadamente la asistencia era completa.
Al llegar, vieron que Pablo Fierro los estaba esperando con su mejor sonrisa y los saludó diciendo:
- ¡Adelante! ¡Pasen! ¡Los estaba esperando!
- Juntémonos alrededor del buzón amarillo para dar algunas instrucciones – indicó Juliana y preguntó a los niños, ¿Cuál es el propósito de la visita?
- Conocer lo que había antes en la zona – respondió Antonia.
- ¿Qué más?
- Conocer las pinturas de don Pablo Fierro – agregó Bastián.
- Y ver qué oficios y profesiones tenía la gente que vivió antes de nosotros – contestó alegre Yanaís.
- Estoy sorprendido – dijo Pablo – creo que lo van a pasar muy bien aquí. ¡Recorran el museo! ¡Descubran los secretos que guardan las paredes y las vitrinas!
Los niños comenzaron a recorrer los pasillos y rincones de la casa. Unos partieron por un lugarcito iluminado que, según les explicó el pintor, es la historia de cómo se fue armando el museo. Martina y Julieta quedaron como hipnotizadas por el piano y el sitial de respaldar redondo, una de ellas marcó un par de notas y vieron que en el lugar de las partituras había una hoja que decía “Historia del Museo Pablo Fierro”, se dedicaron a leerla. Al mismo tiempo, Joaquín, Andrés y Felipe miraban con mucha curiosidad la estufa a leña que hay al costado del buzón amarillo y preguntaron qué eran esas máquinas. Pablo les contestó que una de ellas es para hacer mantequilla, que va separando la crema del suero y lo otro es un calentador a parafina. Felipe comentó entusiasmado que en su casa también había una olla de fierro como la del museo, y que su mamá la usaba para freír sopaipillas en la estufa a leña.
Juliana aprovechó de recorrer un poco también, los niños se desenvolvían bien en el lugar, al salir del salón central y antes de tomar el pasillo que lleva a la escalera, vio una vitrina que Pablo había construido con el marco de una ventana antigua rescatada de un incendio. Tras los vidrios inferiores había una colección de botellas y en los superiores, unos dibujos de casonas hechos con lápiz de pasta. Detrás de esta vitrina notó que había una máquina de escribir enorme de color celeste, que le trajo recuerdos de una antigua notaria de Puerto Montt. Una de sus alumnas, Rebeca, la alcanzó y exclamó:
- ¡Mire tía! ¡Una máquina de coser como la de mi abuelita!
- ¡Y ahí hay un maniquí! ¿Cómo se llamaba la persona que hacía ropa, tía? – preguntó Javiera.
- Modista, en el caso de la mujer y sastre en el caso de los hombres – respondió Juliana.
Las tres tomaron el pasillo para ir al segundo piso. Se encontraron con Francisco y Gonzalo que estaban mirando al cielo raso, comentando los triciclos que colgaban del techo, trataban de elegir el que más les gustaba. Al subir las escaleras se encontraron con unas cajitas de fierro muy viejas, algunas carcomidas por los años. En el descanso de la escalera estaban Sofía y Paz que conversaban sobre la pintura de una casa, a Paz le resultaba familiar la vivienda, Sofía le decía que no la había visto ni en las postales de su tía. Juliana alzó la vista y observó que Nicolás estaba mirando con mucha atención una proyectora de diapositivas y le presionaba las teclas rojas con cuidado. Juliana se le acercó a preguntarle:
- ¿Para qué crees que es este aparato?
- Para escuchar música – le respondió Nicolás algo dudoso.
- No estoy tan segura, por qué no le preguntas a don Pablo, él te puede explicar.
- ¡Mire tía! ¡Aquí hay billetes de quinientos pesos! – exclamó Cristian con los ojos muy abiertos y tocando la vitrina con los dedos. – Y también monedas, ¡venga a ver!
- ¡Mira! También hay hojas de Gillette,- dijo Juliana – mi abuelo tenía una máquina de afeitar de esas y se enojaba cuando las hojas ya no tenían filo…
- ¡Tía Juliana! – llamó Fernando- ¡Aquí hay un reloj cucú! ¿Los conoce?
- Sí los conozco, me gusta cuando el pajarito sale a cantar – le contestó tía Juliana y agregó – Esperemos a que sea la hora en punto.
- Ese cucú está resfriado – interrumpió Pablo – y no sale a cantar a la hora justa! Todos rieron.
Los alumnos de Juliana recorrían el lugar a sus anchas, y, aunque pensaban que se haría pequeño para el grupo, los distintos rincones del lugar acogían la curiosidad de los niños y los mantenía entretenidos. Bastián y Gonzalo dibujaron cosas que veían en las repisas, Bastián ya llevaba tres bocetos de cajas metálicas que había en los estantes. Nicolás, Cristian y Fernando decidieron hojear revistas antiguas poniendo atención a los títulos en letras grandes. Yanaís y Antonia estaban conversando sobre los libros viejos que había en un estante junto a la puerta, trataban de contar cuántos había en total. Joaquín y Andrés fueron hasta el tercer nivel, y al subir la vista, Juliana vio con asombro la colección de máquinas de moler carne que estaban adosadas a un costado de la escalera. Felipe y Francisco miraban asombrados las fotografías de los efectos del terremoto de 1960 en la zona y de la erupción del volcán Calbuco en 1961.
3
Pablo invitó a los niños y a su profesora a reunirse con él en el balcón. El día estaba tibio, el volcán se mostraba majestuoso con su cima nevada y el lago a sus pies reposaba en calma. Los niños se ubicaron en el suelo y conversaban en voz baja acerca de los pequeños descubrimientos que ocurrían en los rincones y paredes del museo. Juliana se puso de pie cerca de la puerta y comenzó la conversación con los niños:
- He visto que se han divertido en el museo. Los he visto observar detenidamente algunas vitrinas, le han hecho muchas preguntas a Pablo y pienso que tienen muchas ideas acerca de los trabajos que desarrollaban las familias que vivían antiguamente en Puerto Varas. ¿Quién pude decirme a qué se dedicaban los colonos de esta zona?
- A ser sastres, – dijo Rebeca.
- O modistas – agregó Javiera.
- Muy bien, niñas, ¿a qué más se dedicaban los colonos?
- A fabricar mantequilla – comentó Joaquín.
- Y si hacían mantequilla, ¿qué más hacían?
- ¡Queso! – contestó Andrés – mmm, me encanta el queso…
- ¿Alguien tiene otra idea?
- Yo pienso que habían barberos – explicó Martina – porque hay hojas de afeitar en las vitrinas.
- Seguramente habían dueños de almacén – agregó Julieta.
- ¿Qué te hace pensar eso? – preguntó Pablo
- Alguien vendía estas cosas en un negocio! – le explicó la niña.
- Yo sé que habían carpinteros – dijo Gonzalo muy seguro de su respuesta.
- ¿Y cómo lo sabes? – le preguntó Bastián.
- Porque mi abuelo era carpintero, él hacía casas para los alemanes – replicó Gonzalo y los niños lo miraron con asombro, pues conocían a su abuelo.
- También había agricultores – dijo Yanaís.
- ¿Cómo lo sabes? – preguntó Pablo
- Es que las alemanas hacían kuchen – replicó Yanaís.
- ¿Y eso que tiene que ver? – preguntó Felipe.
- Mira, para hacer kuchen se necesita harina, el harina viene del trigo, el trigo se siembra, ¿Quiénes siembran?
- Los agricultores – respondieron varios a la vez.
Pablo estaba sorprendido y fascinado por la asociatividad de los niños, sus mentes sin prejuicios aún y su imaginación inocente y sin límites. Se sintió feliz de ser testigo de un momento así en la vida de esos niños y recordó que podía prepararles una sorpresa mientras ellos trabajaban en lo suyo.
Juliana les repartió unas tarjetas en blanco, en la que cada uno escribiría lo que más le gustó del museo, y el oficio que le gustaría aprender. Trabajaron concentrados en las tarjetitas, corrigiendo la ortografía y asegurándose de escribir bien los nombres de los objetos y de las profesiones. Mientras los niños escribían, Pablo se acercó a la profesora y le preguntó:
- ¿De dónde nace la idea de traer a los niños al museo?
- Quiero que los niños piensen y descubran qué es lo que ellos pueden hacer en la vida, no sólo para ganarse el sustento, sino para construir este mundo.
- ¡Qué bonito! – exclamó Pablo alegremente – Todos construimos este mundo, algunos con sus profesiones, yo con mis sueños.
- Exacto, todos podemos contribuir al progreso, por muy pequeña o humilde que sea nuestra profesión – agregó Juliana y sus ojos brillaron al mirar a los niños.
De pronto, notaron que la mayoría de los niños ya estaba terminando con la tarea. La profesora les explicó que esa tarjeta era para compartirla con la familia, para conversar el tema en la casa.
- ¡Ahora les tengo una sorpresa! – exclamó Pablo levantando los brazos – vengan a ver esta parte del piso.
Los niños se acercaron y vieron en el suelo unos anillos como los de las estufas a leña. Pablo los sacó uno a uno y aparecieron dulces que repartió a todos. Fue un entretenido y feliz final a la visita al museo.
4
Gonzalo llegó feliz a su casa, pero con mucha hambre. Revisó la panera y encontró una sopaipilla. Salió al patio en busca de su mamá y se encontró con don Fermín.
- ¡Abuelo! ¿Tú trabajaste para los alemanes cuando eras joven?
- Hola, hijo… Sí, trabajé en Los Bajos, para la familia Junge.
- ¿Y qué hacías? ¿Hacías queso y mantequilla?
- Sí, también. Pero yo era el que manejaba la máquina de trillar. ¿Por qué preguntas?
- Yo creí que eras carpintero – dijo decepcionado.
- Sí, pero cuando fui carpintero no trabajé para la familia Junge. Con mi papá hicimos algunas casas en Frutillar Alto – aclaró don Fermín.
- ¡Enséñame a ser carpintero, abuelo! – le pidió entusiasta.
- Bueno… – le respondió don Fermín sin disimular su sorpresa – ¿de dónde te vino la idea?
- Fuimos al museo, y don Pablo tiene una casa a medio construir, quiero ayudarle…
- Está bien. Primero compraremos un martillo y tienes que aprender a clavar. Después te puedo enseñar a medir y a cortar.
- ¡Ya! ¡Qué rico! – dijo Gonzalo mientras daba saltos por el patio.
- Pero ahora entremos a comer algo y me sigues contando sobre ese museo y la casa a medio hacer.





